Francisco Toledo
- ACCO

- 1 dic 2025
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Su historia comienza en Juchitán, pero no en una escuela, sino en la voz de su abuelo Benjamín. Las tardes de su infancia no se llenaron de lecciones de historia, sino de fábulas zapotecas. Le contaban que el mundo no estaba hecho de objetos, sino de almas en tránsito. Le explicaron que la piel es solo un disfraz temporal y que, bajo la superficie, un hombre puede ser un lagarto, y un conejo puede ser un dios.
Esas historias no fueron "inspiración"; fueron su educación sentimental. Toledo creció sabiendo que la realidad es porosa. Y cuando tomó el pincel por primera vez, no intentó ilustrar esos mitos; intentó encarnarlos.

El Taller como Laboratorio
Toledo se convirtió en un "artista total", pero su verdadera genialidad residía en su desprecio por la pureza. Odiaba los materiales nobles y limpios de la academia europea. Él necesitaba que sus obras tuvieran la textura de la vida: rugosa, imperfecta, orgánica.
En el taller de grabado, se comportaba como un científico loco o un cocinero brujo. La placa de metal, tradicionalmente tratada con cuidado quirúrgico, para él era un campo de batalla.
Hay una historia que define su maestría técnica mejor que cualquier crítica: su uso del azúcar y los insectos. Toledo buscaba texturas que la mano humana no podía crear. Así que cubría las placas de metal con soluciones azucaradas y las dejaba a la intemperie. Permitía que las hormigas y otros insectos caminaran sobre la obra, comiéndose el dulce, trazando caminos caóticos y aleatorios. Luego, bañaba la placa en ácido.
El resultado es fascinante: donde el insecto comió, el ácido mordió el metal. Toledo no dibujaba la naturaleza; colaboraba con ella. Dejaba que la biología dejara su huella física en el arte.
La Pintura Táctil
Esa misma obsesión se trasladó a la pintura. Un cuadro de Toledo no se mira; dan ganas de tocarlo. Rechazaba la superficie plástica del óleo industrial. Él fabricaba su propia "tierra". Mezclaba sus pigmentos con arena, polvo de mármol y tintes naturales como la grana cochinilla o el añil.
Sus lienzos tienen peso geológico. Al incorporar la tierra física de Oaxaca, lograba que la pintura dejara de ser una ilusión óptica para convertirse en un objeto con presencia física. Si iba a pintar al Lagarto —que en la mitología zapoteca representa la tierra misma y la fertilidad —, necesitaba que el cuadro fuera tierra. Necesitaba que, al pasar la mano, sintieras la escama y la piedra.
El Espejo Roto
La mayoría de los artistas pasan la vida construyendo un "Yo". Toledo pasó la suya destruyéndolo. Sus autorretratos son, quizás, la parte más psicológica y perturbadora de su obra. A diferencia de Rembrandt o Frida Kahlo, que usaban el espejo para afirmarse, Toledo lo usaba para transformarse.
En sus grabados, su rostro nunca está fijo. Se disuelve. Un día tiene ojos de pez; al siguiente, su barba se convierte en raíces o su piel se vuelve corteza. Se fusiona con el Mono, su doble espiritual, esa metáfora del artista que vive atrapado entre el instinto animal y la creación sublime.

Toledo nos decía visualmente que la identidad es una mentira. Nos mostraba como seres fluidos, en constante "devenir". Verse a sí mismo no era un acto de vanidad, sino de reconocimiento biológico: somos materia temporal, lista para convertirse en otra cosa.
La Astucia de Lexu
Dentro de su bestiario, hay un personaje que actúa como el alter ego de su inteligencia: el Conejo. Lexu, el héroe de las leyendas zapotecas. En los cuentos del abuelo, Lexu es el pícaro que, siendo pequeño y débil, siempre vence al Coyote (la fuerza bruta) usando la inteligencia y la trampa.

Toledo pintó a Lexu cientos de veces, a menudo en situaciones de peligro o muerte, pero siempre con una vitalidad nerviosa. Era su forma de celebrar la resistencia. En un país donde la fuerza bruta a menudo gana, Toledo celebraba la astucia, la capacidad de sobrevivir y burlarse del poder.
La Muerte como Semilla
Finalmente, está la muerte. En el arte occidental, la muerte es un final, un esqueleto con una guadaña. En el universo de Toledo, la muerte es un jardín.
Sus calaveras y esqueletos no dan miedo; tienen una energía vibrante. Están jugando, comiendo, o incluso copulando. Para la cosmovisión que Toledo heredó y defendió, la muerte no es oscuridad; es renovación.
Es el compost necesario para que la vida continúe. Al pintar la muerte con colores vivos y texturas ricas, Toledo no estaba siendo macabro; estaba siendo profundamente vitalista. Nos recordaba que somos parte de un ciclo eterno de regeneración, donde morir es simplemente la forma en que la tierra se alimenta para volver a crear.
El Guardián del Mito
Francisco Toledo murió en 2019, pero dejó claro que el arte moderno no tiene por qué estar peleado con la memoria ancestral.
Su legado técnico es inmenso: nos enseñó que se puede hacer vanguardia usando arena, insectos y mitos de pueblo. Pero su lección más profunda es filosófica: nos obligó a mirar hacia abajo, a la tierra, a los animales y a nuestra propia sombra, para encontrar ahí la sacralidad que la modernidad había olvidado.








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