Juan Soriano
- ACCO

- 20 nov 2025
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La historia de Juan Soriano (1920-2006) comienza con un disparo.
Su padre, Rafael, era un revolucionario y político que quería que su hijo fuera un "hombre de verdad". Un día, le regaló una pistola al pequeño Juan. El niño, sin entender el peso del arma, salió al jardín, apuntó y disparó. Mató a un pájaro.
Juan no celebró. Lloró durante horas. Ese trauma infantil es la clave de todo su arte posterior. Esos pájaros gigantes de bronce que hoy adornan las plazas de México y Europa no son decoración; son el intento obsesivo de un niño de devolverle la vida a aquel pájaro, haciéndolo ahora inmortal, monumental e intocable.

El Exilio de Guadalajara
Soriano no llegó a la Ciudad de México solo por ambición; llegó huyendo de la asfixia.
La Guadalajara de los años 30 era una sociedad cerrada que no lograba comprender su precocidad ni su sensibilidad. En 1935, con apenas 15 años y alentado por su hermana Martha, hizo las maletas y se exilió a la capital buscando la única cosa que la provincia no podía darle: libertad absoluta para ser él mismo.
Al llegar, el impacto fue inmediato. La élite cultural lo bautizó como "El Mozart de la Pintura" por su talento insolente. Aunque se sentó a la mesa con los dioses del momento, Diego Rivera y Frida Kahlo, Soriano cometió una herejía silenciosa: se negó a ser su discípulo.
Mientras ellos pintaban la Revolución y la lucha de clases, él encontró su tribu en los "Contemporáneos" (Villaurrutia, Novo). Eligió pintar lo prohibido por el dogma nacionalista: la muerte íntima, los sueños, "niñas muertas" y retratos psicológicos de sus amigas. Su "ruptura" temprana no fue un manifiesto a gritos; fue la negativa elegante a pintar obreros cuando lo que él quería pintar era el misterio.

Testigo del Fuego (Paz y Garro)
En la Ciudad de México, Soriano se convirtió en el confidente de la élite. Su amistad con Octavio Paz duró décadas, pero tuvo un precio: ser testigo de la guerra civil entre Paz y Elena Garro. Soriano contaba con horror y fascinación las "escenas feroces" en el Café París. Describía a Elena como una "fiera" que saltaba para atacar a Paz verbalmente en público. Años después, fue testigo de la decadencia, cuando Elena y su hija llamaban a la casa de Paz solo para dejar gritos e insultos en la contestadora hasta que se acababa la cinta. Soriano aprendió ahí que la pasión intelectual también podía ser destructiva.
El Proceso Creativo
A diferencia de otros que se casaron con un estilo, Soriano fue un camaleón. Pasó del realismo al surrealismo onírico. Pero su cambio más radical fue dejar el plano bidimensional. Empezó a sentir que la pintura no era suficiente. En los años 50, durante su estancia en Roma, comenzó a experimentar con la terracota y la cerámica. Quería tocar la forma, no solo representarla. Sin embargo, durante décadas, estas esculturas fueron pequeñas y privadas. ¿La razón? El bronce era demasiado caro. Soriano confesó que no empezó a fundir en bronce hasta que tuvo 50 años, simplemente porque antes no podía pagarlo.

¿Cómo trabajaba el maestro? Soriano no era un artista de grandes planes teóricos; era un artista de la intuición inmediata. Siempre llevaba consigo una pequeña libreta y un lápiz en la bolsa. Si veía algo interesante en la calle o en una cena, lo dibujaba al instante. Esos bocetos rápidos eran la semilla de sus esculturas monumentales. A pesar de su éxito, vivía torturado por la duda. Marek Keller cuenta que Soriano nunca estaba seguro de si sus cuadros eran buenos. Decía: "Yo no estoy seguro... solo hago cosas que me dan placer". Esa inseguridad era el motor que lo hacía trabajar sin descanso, revisando y rehaciendo, buscando la forma perfecta que justificara su existencia.
El Taller de Tepexpan y La Obsesión de los Pájaros
Cuando finalmente tuvo los recursos, Soriano se volcó al bronce monumental. Durante más de 20 años, su segundo hogar fue el taller de fundición de César Castro en Tepexpan, Estado de México. Allí no era el dandi intelectual; era un obrero del arte. Trabajaba jornadas largas entre el calor de los hornos. Utilizaba la técnica de la cera perdida, un proceso antiguo y complejo que permite capturar hasta la huella digital del artista en el metal. Soriano amaba que la escultura se pudiera tocar. Decía que la escultura no estaba terminada hasta que la gente pasaba la mano sobre ella.

¿Por qué pájaros? Más allá del trauma infantil, Soriano encontró en las aves la forma perfecta para la abstracción. Sus pájaros no son biológicamente correctos. Son formas masivas, patas pesadas, cuerpos que son puro volumen. Decía: "Los pájaros encierran todas las formas imaginables". Al esculpirlos, Soriano no buscaba la ligereza del vuelo, sino la monumentalidad de la presencia. Quería pájaros que pesaran toneladas, que fueran dioses antiguos aterrizados en la ciudad.
Marek Keller
La historia de Soriano cambió para siempre en París, en los años 70. Se sentía solo, "trastornado" y físicamente débil. Entonces conoció a Marek Keller. Marek era un joven bailarín polaco, lleno de vida. Lo que empezó como un encuentro se convirtió en una simbiosis vital de 35 años. Marek dejó su carrera de baile para convertirse en todo para Juan: su administrador, su escudo, su promotor y su familia. Marek lo blindó. Se encargaba de los contratos, de las exposiciones y de la burocracia, permitiendo que Juan se encerrara en su estudio a crear en paz. "Tienes que vivir... a sabiendas de que siempre estaré a tu lado", le escribió Marek. Sin Marek, el Soriano monumental que conocemos hoy no existiría.
Gracias a la gestión de Marek, Soriano no se quedó como un artista local. Sus esculturas viajaron a la Expo Hannover en Alemania y a las calles de París. Pero el homenaje final es el más conmovedor. Tras la muerte de Juan en 2006, Marek cumplió un sueño. Compró una propiedad en Owczarnia, cerca de Varsovia, y creó un Jardín Escultórico privado. Transportó toneladas de bronce desde México en barcos hasta Polonia. Hoy, en medio del bosque polaco, viven los pájaros de Juan Soriano, en un museo al aire libre creado por el amor de su vida.

El Legado
Juan Soriano es considerado un experto y maestro no por haber seguido las reglas, sino por haberlas roto todas con elegancia. Ganó el Premio Nacional de Arte, la Legión de Honor de Francia y el Premio Velázquez de España. Pero su verdadera maestría fue demostrar que el arte mexicano podía ser libre, lúdico y monumental sin ser político. Nos enseñó que la libertad creativa es la única patria que importa.





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