Gabriel Orozco
- ACCO

- 11 dic 2025
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Actualizado: 15 dic 2025
Han habido varios momentos en la historia del arte moderno que comparten el mismo grito de indignación por parte del público: "¡Eso no es arte!".
El primero ocurrió en 1917, cuando Marcel Duchamp tomó un urinario de porcelana, lo firmó con el pseudónimo "R. Mutt" y lo presentó en una exposición en Nueva York. Otro, igual de importante, ocurrió 76 años después, en la Bienal de Venecia de 1993, cuando un joven mexicano llamado Gabriel Orozco colocó una caja de zapatos vacía en el suelo del pasillo principal.
Para el espectador casual, ambos actos parecen una tomadura de pelo, una broma de mal gusto diseñada para humillar a la academia. Pero para la historia del arte, son los puntos exactos donde la realidad se rompió. Orozco no estaba improvisando; estaba ejecutando una maniobra filosófica precisa, retomando la antorcha que Duchamp encendió para quemar la solemnidad de la técnica manual.
El Fantasma de Duchamp
Para entender la caja, primero hay que entender el urinario. A principios del siglo XX, Marcel Duchamp inventó el concepto del readymade. Su tesis era radical: el arte no depende de la habilidad de la mano ("arte retiniano"), sino de la elección de la mente.
Duchamp nos enseñó que un objeto industrial (una rueda de bicicleta, un secador de botellas) podía convertirse en arte simplemente porque el artista decidía sacarlo de su contexto utilitario y cambiarle el significado. El artista dejaba de ser un artesano para convertirse en un filósofo.
Gabriel Orozco creció estudiando esta ruptura. Entendió que, para ser verdaderamente contemporáneo a finales del siglo XX, no podía seguir pintando sandías o catrinas. Tenía que dejar de producir objetos y empezar a señalar la realidad.
La Bofetada de Venecia
Cuando Orozco llegó a la Bienal de Venecia en 1993, el mundo del arte tenía una expectativa muy clara sobre lo que debía ser un artista mexicano. Se esperaba color, tragedia, surrealismo mágico, folclor; se esperaba el exotismo de la "escuela de Frida Kahlo".
Orozco respondió con el silencio más absoluto.
Su obra, titulada Caja de zapatos vacía, era exactamente eso: una caja de cartón usada, sucia y abierta, tirada en el suelo. Muchos visitantes la patearon por accidente. Otros pensaron que era basura que el conserje olvidó recoger.

Pero la genialidad de la pieza radica en su diferencia con Duchamp. Mientras que los objetos de Duchamp eran fríos, nuevos e industriales, la caja de Orozco era vulnerable. Era un objeto de desecho, precario y frágil. Al presentarla, Orozco no solo estaba desafiando la definición de escultura; estaba borrando la identidad nacionalista. No había "mexicanidad" en ese cartón. Había un vacío universal. Orozco le dijo a Europa: "Mi arte no es un souvenir de mi país; es un contenedor de pensamiento".
El Nómada sin Estudio
Esta pieza definió el método de Orozco: el artista sin estudio. A diferencia de los grandes maestros que se encierran a pintar, Orozco salía a la calle. Su taller era el supermercado, la banqueta, el deshuesadero.
Su trabajo consistía en caminar y encontrar los accidentes del mundo. Una naranja en un mercado (Mis manos son mi corazón), el aliento sobre un piano, o una caja vacía. Su talento no estaba en fabricar, sino en poner atención. En un mundo saturado de imágenes, Orozco nos pedía detenernos a mirar lo que usualmente ignoramos.
La Cirugía del Tiempo: El Citroën DS
Para los críticos que insisten en que la caja de zapatos es una estafa porque "cualquiera puede hacerlo", Orozco tiene la respuesta perfecta: La DS (1993).
En el mismo año de la caja, Orozco realizó una intervención monumental en París. Tomó un Citroën DS (un coche ícono de la ingeniería francesa y el diseño futurista) y lo cortó longitudinalmente en tres partes. Eliminó la sección central (donde iría el motor y los asientos del medio) y volvió a unir los costados.
El resultado es un coche que parece normal a primera vista, pero que es imposible de conducir. Es una escultura aerodinámica, una flecha inmóvil. Al igual que Duchamp jugaba con la física, Orozco manipuló el espacio y el tiempo. Transformó un símbolo de velocidad en una experiencia de percepción estática. Esto demostró que su dominio conceptual aplicaba tanto para una caja de basura como para una máquina compleja.
El Valor del Vacío
Si mides el arte por la dificultad técnica o las horas que tomó pintarlo, sí, una caja vacía parece un fraude. Pero el arte conceptual no cotiza sudor; cotiza ideas.
Gabriel Orozco es el artista mexicano más importante de las últimas décadas no porque pinte bonito, sino porque cambió las reglas del juego. Su caja de zapatos vacía mató la obligación del folclor y abrió la puerta para que toda una generación pudiera dialogar con el mundo de tú a tú, sin necesidad de disfrazarse de charros.
Orozco nos enseñó que el vacío no es la ausencia de cosas. El vacío es un espacio esperando a que nosotros, los espectadores, tengamos la valentía de llenarlo con nuestra propia imaginación.








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