Rufino Tamayo
- ACCO

- 4 nov 2025
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El genio de Rufino Tamayo no nació de una ideología política, sino de una memoria sensorial. Su primera escuela no fue la Academia de San Carlos, que abandonó por considerarla rígida y muerta. Su verdadera educación sucedió en el Mercado de La Merced.

Tras quedar huérfano, el joven Tamayo se mudó a la Ciudad de México con su tía, quien trabajaba en el mercado. Su infancia transcurrió rodeada de un universo sensorial: el olor de las especias, la textura de la tierra y, sobre todo, el color. Las montañas de fruta, el rosa casi violento de las pitahayas, el rojo profundo de las sandías abiertas, el naranja encendido de los mangos, se grabaron en su memoria.
Mientras sus contemporáneos se preparaban para pintar la historia, Tamayo estaba aprendiendo a pintar la esencia de la tierra.
El Alquimista de la Materia
La obsesión de Tamayo era la materia. Sus lienzos debían tener peso, debían sentirse. Estaba fascinado por los muros prehispánicos, no por su narrativa histórica, sino por su superficie: la textura de la piedra erosionada por el tiempo.
No quería pintar un muro; quería que su lienzo fuera el muro.
Esta obsesión venía de lejos. En 1922, uno de sus primeros trabajos fue como dibujante en el Museo Nacional de Arqueología. Pasaba sus días rodeado de ídolos, vasijas y códices, absorbiendo no su historia, sino su forma y su textura.
Como un alquimista en su taller, comenzó a experimentar. Molió polvo de mármol, mezcló arena de río y tierra directamente con sus pigmentos. Años más tarde, esta misma obsesión lo llevó a inventar, junto a Luis Remba, la "Mixografía", un proceso revolucionario que fusionaba la textura y el relieve con el papel. Fue un innovador técnico total, siempre buscando la piel de la tierra.
La Cómplice (Olga Tamayo)
La trayectoria de Rufino Tamayo es inseparable de Olga Tamayo. Su historia es una de las grandes alianzas del arte del siglo XX.
Se conocieron cuando ella, una talentosa estudiante de piano, fue a tomar clases de pintura con él. La conexión fue instantánea. Olga vio el genio, pero también la distracción. Vio un mundo artístico (el del México de la época) ruidoso, politizado y agresivo, que amenazaba con devorar a su esposo.
Ella se convirtió en su escudo.
Olga asumió el rol de manager, dealer y protectora. Era ella quien negociaba con los coleccionistas (incluyendo a los Rockefeller), quien organizaba las exposiciones en Nueva York y quien lo "blindaba" de las críticas y la política. Ella manejaba el mundo exterior para que él tuviera la libertad de dedicarse 24/7 a una sola cosa: pintar. Fue su agente de cambio personal.
El Exilio Voluntario (Nueva York y París)
Con Olga a su lado, Tamayo sintió que el ambiente cultural de México se asfixiaba. No huyó de su país; fue a buscar la conversación universal que su país le negaba, y la encontró en Nueva York.
Pero su relación con la ciudad no fue un solo viaje, sino varias estancias prolongadas que definieron su carrera.
Su primera llegada fue en 1926, junto a su amigo el músico Carlos Chávez. Fue un bautismo de fuego. Tamayo recordaría la anécdota con humor: "Fracasamos juntos durante los dos primeros años". Chávez se rindió y regresó a México. Tamayo, testarudo, se quedó.
Le tocó vivir la Gran Depresión de lleno. Sobrevivió al "crac del 29", una experiencia que forjó su resiliencia. Fueron estos periodos intermitentes, que sumaron más de 15 años, los que lo transformaron. Él mismo lo dijo: "Yo me hice en Nueva York".
La ciudad le dio dos regalos. Primero, la influencia de los maestros europeos. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el "Guernica" de Picasso fue enviado al MoMA para su custodia. Tamayo convivió con la obra y, según los críticos, "lo golpeó hasta la médula". Aprendió de Picasso cómo pintar la ansiedad de la guerra de forma alegórica (con animales), lo que inspiró directamente su famosa serie de Perros Aullando. Segundo, se codeó con la vanguardia local, como un joven Mark Rothko, y los futuros expresionistas abstractos vieron en él a un maestro del color.

La validación mundial llegó en 1950. Fue invitado a la Bienal de Venecia junto a los tres muralistas. Los críticos italianos fueron unánimes: un diario de Milán escribió que Tamayo era "el más actual, el menos político".
Ese mismo año, se consagró en París. Tuvo su primera muestra en la Galerie Beaux-Arts. El mismísimo André Breton escribió para el catálogo y el Museo de Arte Moderno de París le compró la pintura "Hombre cantando". Y en su casa, él y Olga recibían "asiduamente" la visita de un joven oaxaqueño al que Tamayo había decidido apadrinar: Francisco Toledo.
El Universo (Del Perro a la Luna)
Alimentado por la memoria de Oaxaca y validado por las capitales del mundo, el arte de Tamayo alcanzó su madurez.

Esas frutas de La Merced reaparecieron, pero ya no eran solo frutas. Las Sandías se convirtieron en símbolos universales de la vida, el color y la tierra. Sus figuras dejaron de ser retratos para volverse arquetipos. Los Perros Aullando se convirtieron en la alegoría de la ansiedad de la guerra, inspirados por el "Guernica". Sus figuras cósmicas eran la humanidad confrontando el infinito, un tema universal validado en NY y París.
El Triunfo Silencioso
Cuando Tamayo regresó a México para su gran retrospectiva en Bellas Artes en 1950, ya no era el "rebelde". Era el héroe que había conquistado el mundo.
Su vida es el máximo ejemplo de integridad artística. Soportó décadas de críticas por mantenerse fiel a su voz interior. Su legado es la prueba de que la convicción silenciosa, conectada a las raíces (el museo de arqueología, el mercado) y nutrida por el mundo (NY, París), es infinitamente más poderosa que el manifiesto político más ruidoso.








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